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De la Ciudad Concebida a la Ciudad Practicada
Manuel Delgado
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La relación entre cultura urbana –el conjunto de maneras de vivir en espacios urbanizados– y cultura urbanística –asociada a la estructuración de las territorialidades urbanas– ha sido crónicamente polémica. Los arquitectos urbanistas trabajan a partir de la pretensión de que determinan el sentido de la ciudad a través de dispositivos que quieren dotar de coherencia a conjuntos espaciales altamente complejos. La labor del proyectista es la trabajar a partir de un espacio esencialmente representado, o más bien, concebido, que se opone a las otras formas de espacialidad que caracterizan la practica de la urbanidad: espacio percibido, practicado, vivido, usado... Su pretensión: mutar lo oscuro por algo más claro. Su obsesión: la legibilidad. Su lógica: la de una ideología que se quiere encarnar, que aspira a convertirse en operacionalmente eficiente y lograr el milagro de una inteligibilidad absoluta.

La labor del urbanista es la de organizar la quimera política de una ciudad orgánica y tranquila, estabilizada o, en cualquier caso, sometida a cambios amables y pertinentes, protegida de la obcecación de sus habitantes por hacerla un escenario para el conflicto, a salvo de los desasosiegos que suscita sobre ella lo real. Su apuesta es a favor de la polis a la que sirve y en contra de la urbs, a la que teme. Para ello se vale de un repertorio formal hecho de rectas, curvas, centros, radios, diagonales, cuadrículas, pero en el que suele faltar lo imprevisible y lo azaroso. En su vocación demiúrgica, buen número de arquitectos y diseñadores urbanos se piensan a sí mismos como ejecutores de una misión semidivina de imponerle órdenes preestablecidos a la naturaleza, en función de una idea de progreso que considera el crecimiento por definición ilimitado y entiende el usufructo del espacio como inagotable. Asusta ante todo que algo escape a una voluntad insaciable de control, consecuencia a su vez de la conceptualización de la ciudad como territorio taxonomizable a partir de categorías diáfanas y rígidas a la vez –zonas, vías, cuadrículas– y a través de esquemas lineales y claros. Espanta ante todo lo múltiple, la tendencia de lo diferente a multiplicarse sin freno. Y, por supuesto, se niega en redondo que la uniformidad de las producciones arquitectónicas no oculte una brutal separación funcional de la que las claves suelen tener que ver con todo tipo de asimetrías que afectan a ciertas clases, géneros, edades o etnias.

En los espacios urbanos arquitecturizados –edificios o plazas– parece como si no se previera la sociabilidad, como si la simplicidad del esquema producido sobre el papel o en maqueta no estuviera calculada nunca para soportar el peso de las vidas en relación que van a desplegar ahí sus iniciativas. En el espacio diseñado no hay presencias, lo que implica que por no haber, tampoco uno encuentra ausencias. En cambio, el espacio urbano real –no el concebido– conoce la heterogeneidad innumerable de las acciones y de los actores. Es el proscenio sobre el que se negocia, se discute, se proclama, se oculta, se innova, se sorprende. Escena sobre la que uno se pierde y da con el camino, en que espera, piensa, encuentra su refugio o su perdición, lucha, muere y renace infinitas veces. Ahí no hay más remedio que aceptar someterse a las miradas y a las iniciativas imprevistas de los otros. Ahí se mantiene una interacción crónicamente superficial, que en cualquier momento puede conocer desarrollos inéditos. Espacio también en que los individuos y los grupos definen y estructuran sus relaciones con el poder, para someterse a él, pero también para insubordinarse o para ignorarlo mediante todo tipo de configuraciones autoorganizadas. Todo eso en modo alguno es el resultado de una determinada morfología, sino de una articulación de cualidades sensibles que resultan de las operaciones prácticas y las esquematizaciones tempo-espaciales en vivo que procuran los viandantes, sus deslizamientos, las estasis, las capturas momentáneas que un determinado punto puede suscitar.

La utopía imposible que el proyectador busca establecer en la maqueta o en el plano es la de un apaciguamiento de la multidimensionalidad y la inestabilidad de lo social urbano. El arquitecto puede vivir así la ilusión de un espacio que está ahí, esperando ser planificado, embellecido, funcionalizado... , que aguarda ser interrogado, juzgado y sentenciado. Se empeña en ver el espacio urbano como un texto, cuando ahí sólo hay texturas. Tiene ante sí una estructura, es cierto, una forma. Hay líneas, límites, trazados, muros de hormigón, señales... Pero esa rigidez es sólo aparente. Además de sus grietas y sus porosidades, oculta todo tipo de energías y flujos que oscilan por entre lo estable, corrientes de acción que lo sortean o lo transforman.

A los intentos de absorción constantes de que son objeto por parte de los sistemas de territorialización y codificación, las energías sin forma que recorren lo urbano constituyéndolo no dejan de escabullirse por cualquier fisura de la máquina molar para volver a su inicial estado de desterritorialización y decodificación. Campo de fuerza, universo de tensiones y distorsiones, desintegración de lo fijo en una agitación casi espasmódica. Ahora bien, ¿cómo estudiar eso? ¿Cómo superar la perplejidad que despierta el aspecto caótico de las actividades que traspasan y constituyen los espacios públicos? ¿Cómo registrar las formalidades sociales inéditas, las improvisaciones sobre la marcha, las reglas o códigos reinterpretados de una forma inagotablemente creativa, el amontonamiento de acontecimientos previsibles unos, improbables los otros? ¿Cómo sacar a flote las lógicas implícitas que se agazapan bajo tal confusión, modelándola?

Lo urbano es una forma radical de espacio social, escenario y producto de lo colectivo haciéndose a sí mismo, un territorio desterritorializado en que no hay objetos sino relaciones diagramáticas entre cosas, bucles, nexos sometidos a un estado de excitación permanente. Un espacio urbano que no era un esquema de puntos, ni un escenario vacío, ni un envoltorio, ni tampoco una forma que se le impone a los hechos... No una institución, sino un producto social inconcluso, una producción, o mejor dicho, una coproducción, cuyos protagonistas son unos usuarios que reinterpretan la obra del diseñador a partir de las formas como acceden a ella y la utilizan al tiempo que la recorren. Esa premisa desactiva cualquier pretensión de naturalidad, de inocencia, de trascendencia o de transparencia, puesto que el espacio urbano es, casi por principio, indiscernible. Las percepciones de las que resultan esos seísmos microscópicos que sacuden al ánimo del usuario del espacio público no son resultado de una determinada morfología, sino de una articulación de cualidades sensibles que resultan de las operaciones prácticas y las esquematizaciones tempo-espaciales en vivo que procuran los viandantes, sus deslizamientos, los estancamientos, las capturas momentáneas que un determinado punto puede suscitar. Dialéctica ininterrumpidamente renovada y autoadministrada de miradas y exposiciones.

Es posible leer, es cierto, una ciudad, al menos en cuanto estructura morfológica. Pero, ¿podríamos decir lo mismo de esas sociedades que despliegan su actividad casi estocástica en sus calles? Lo que se da a leer es siempre un territorio que se supone sometido a un código. Es más, los territorios en que una ciudad puede ser dividida han sido generados y ordenados justamente para posibilitar su lectura, que es casi lo mismo que decir su control. El espacio urbano, en cambio, no puede ser leído precisamente porque de él poca cosa podríamos decir en realidad. El espacio, cuanto menos en el sentido en que Simmel y luego Arendt recuperaron de Kant, no es sino pura potencialidad, posibilidad abierta de juntar, que existe sólo y en tanto alguien lo organice a partir de sus prácticas, que se genera como resultado de acciones específicas y que puede ser reconocido sólo en el momento en que registra las articulaciones sociales que lo posibilitan. Es, como la naturaleza en Marx, como el sentido en semiótica, un mito o más bien un horizonte que nos huye, tan sólo la materia prima inconcebible sobre la que operan las potencias de lo social. Decir, afirmar cualquier cosa de él es reconocer las marcas y los rasgos de un lenguaje, de un sistema de referencias que ha disuelto su espacialidad para conformar un territorio. Por lo demás, qué decir del espacio urbano si ni siquiera estuviésemos en condiciones de hablar de realidad urbana, por la versatilitad innumerable de los acontecimientos que lo recorren, por su estructura hojaldrada, por la mezcla que constantemente allí se registra entre continuidad y ambigüedad. Lugar de una sociabilidad holística, hecha de ocasiones, secuencias, situaciones, encuentros y de un intercambio generalizado e intenso.

El espacio urbano no es un presupuesto, algo que está ahí antes de que irrumpa en él una actividad humana cualquiera. Es sobre todo un trabajo, un resultado, o, si se prefiere –y evocando con ello a Henri Lefebvre y, con él, a Marx– una producción. Es una apropiación, nunca una posesión. En el espacio urbano existe, es cierto, una coherencia lógica y una cohesión práctica, pero estas no permitirían algo parecido a una «lectura» o a una «interpretación», a la manera de las que propiciaría la existencia de una suerte de mensaje o información, algo que respondiera a un único código y estuviera en condiciones de ser reconocido como «diciendo alguna cosa». En el espacio urbano no existe nada parecido a una verdad por descubrir. Flujo de sociabilidad dispersa, comunidad difusa hecha de formas mínimas de interconocimiento. El espacio público ámbito en que se expresan las formas al tiempo más complejas, más abiertas y más efímeras de convivialidad.

Se debate con frecuencia a propósito de qué debe entenderse por patrimonio cultural, sobre todo a partir de la evidencia de cómo son puestas sus aplicaciones al servicio de buen número de impostaciones identitarias, casi todas políticamente determinadas. La definición de patrimonio remite, en su origen, a lo que una generación hereda de la que le precede, lo que permite a un determinado linaje reproducirse; también a lo que una persona o un grupo considera que posee, todo lo que ha de administrar y ceder luego a sus descendientes, sus propiedades, no sólo en el sentido de sus posesiones, sino en el de lo que le es propio, lo que le atribuye su singularidad. Los trabajos expertos sobre patrimonio, así como las iniciativas políticas al respecto suelen atender elementos supuestamente idiosincrásicos que remiten a un pasado que se presume compartido por una cierta comunidad. Sean concentrados en museos o subrayados en su ubicación natural, se considera que esos materiales a patrimonializar expresan elocuentemente cualidades colectivas que deben durar, rasgos de los que –se insinúa– depende la pervivencia misma del grupo que los exhibe como sus atributos.

En ese sentido, puede antojarse que algunos aspectos del espacio público reciben un trato como parte de determinado patrimonio cultural o histórico. Ocurre con frecuencia que ciertos fragmentos de la forma urbana son enaltecidos y protegidos por su valor como testimonio de un pasado o de un presente patrimonializables. Ciertos puntos de la trama de calles y plazas de una ciudad pueden aparecer resaltados en los mapas turísticos, indicando la presencia de edificaciones singulares, monumentos característicos o vías reputadas por su pintoresquismo. Barrios enteros pueden ser enaltecidos patrimonialmente por algún rasgo significativo que los hace dignos de ser tenidos en consideración. De hecho, se experimenta en los últimos tiempos una tendencia a monumentalizar centros urbanos completos y hay ciudades que han sido integramente tematizadas para hacer de ellas centros de atracción turística o inversora.

En todos esos casos, no es exactamente el espacio público lo que se reclama como patrimonio que habla de y por una determinada sociedad, sino más bien de elementos fuertes del paisaje urbano que pueden resumir una evocación, concretar una adscripción sentimental o convertirse en simples reclamos para crear oferta de ciudad. No se ha planteado, en cambio, la consideración en tanto que patrimonio social y cultural de la actividad que esos espacios públicos conocen en tanto que tales, es decir en tanto que espacios de y para la vida pública. En otras palabras, patrimonialmente hablando, las calles y las plazas no han sido valoradas más allá de su condición de fondos para un supuesto colorido local, no se han reconocido los valores positivos que residen en sus usos por parte de los practicantes de la vida pública, los individuos y los grupos –de las grandes masas a formas tan elementales como las simples parejas– que se apropian efímeramente de esos espacios para convertirlos en soporte de una determinada expresivididad.

Hay que recordar al respecto que la asociación de lo público a aquello cuya titularidad corresponde al Estado introduce un elemento de malentendido a la hora de definir un espacio como público, puesto que de algún modo cuestiona la propia dimensión abierta y accesible a todos que se acepta como su primera cualidad. Considerar que ha de estar supeditado a las instituciones estatales equivale a afirmar que el espacio público no es del público, sino de un orden político que se ha autoarrogado la función de fiscalizarlo e imponerle sus sentidos. En este caso, el espacio público ve desmentida su propia condición de tal, en tanto es concebido y reconocido como propiedad privada de un poder político centralizado. Si, al pie de la letra, su eventual condición pública debería hacer de un espacio dado un ámbito para las apropiaciones transitorias y en filigrana, su naturaleza legal lo postula como dependiente de una instancia de control que se considera autorizada a administrar sus empleos, restringir su acceso y distribuir significados afines a su ideología.

En tanto que patrimonio de la administración centralizada sobre la ciudad –la polis, la ciudad politizada– el espacio público está sometido a una casi obsesiva voluntad clarificadora. Desde esa perspectiva, las principales funciones que debe ver cumplido ese espacio público se limitan a: 1), asegurar la buena fluidez de lo que por él circula; 2), servir como soporte para las proclamaciones de la memoria oficial –monumentos, actos, nombres..., y 3), últimamente, ser sometido a todo tipo de monitorizaciones que hacen de sus usuarios figurantes de las puestas en escena autolaudatorias del orden político o que los convierten en consumidores de ese mismo espacio que usan. Para tales fines, la Administración trata de mantener el espacio público en buenas condiciones para una red de encuentros y desplazamientos lo más ordenados posible, así como de asegurar unos máximos niveles de claridad semántica que eviten a toda cosa tanto la ambigüedad de su significado como la tendencia que nunca deja de experimentar a embrollarse, es decir, a una exuberancia perceptual y simbólica que lo hace ininterpretable en una sola dirección. Esta preocupación por la legibilidad del espacio público es la que se traduce en todo tipo de iniciativas urbanísticas que pretenden arquitecturizarlo, que lo fuerzan a asumir esquematizaciones provistas desde el diseño urbano, siempre a partir del presupuesto de que la calle y la plaza son –o deben ser– textos que vehiculan un único discurso.

Frente a esa definición del espacio público como texto unitario, derivado de su concepción como patrimonio de la polis, o más bien de espaldas a ella, se reproducen las evidencias de una apropiación microbiana de ese mismo espacio por parte de sus practicantes. En este caso, el espacio público deviene patrimonio de la urbs, es decir, el incansable trabajo de la sociedad urbana sobre sí misma. Si el espacio público politizado vive bajo la obcecación por hacer de él lo que ni es ni nunca ha sido ni seguramente será –una superficie nítida, pacificada, sumisa–, el espacio público socializado asume una naturaleza permanentemente intranquila, escenario activo que es para lo inesperado, proscenio en que la excepción es casi norma y marco para una sociedad autogestionada que se pasa el tiempo tejiendo y destejiendo tanto sus acuerdos como sus luchas.

Poner el acento en las cualidades permanentemente emergentes del espacio público urbano implica advertir que éste no puede patrimonializarse como cosa ni como sitio, puesto que ni es una cosa –un objeto cristalizado–, ni es un sitio –un fragmento de territorio dotado de límites y marcas. De hecho, bien podríamos decir que es cualquier cosa menos un territorio. Sería antinómico y no puede concebirse algo a lo que llamar territorio público. El espacio público es –repitámoslo– solo la labor de la sociedad urbana sobre sí misma y no existe –no puede existir– como un escenario vacío a la espera que algo o alguien lo llene. El espacio público sólo existe en tanto es usado, que es lo mismo que decir atravesado, puesto que en realidad sólo podría ser definido como una mera manera de pasar por él.