Ensayos
Composición y vivencia en la obra de Rogelio Salmona
Juan Pablo Aschner Rosselli
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Existía entre los griegos una palabra para definir el silencio que sucede a la muerte. Le llamaban Euphemia, que más que un silencio total, es la ausencia de palabras y también de gestos que permitan expresar lo que se lleva dentro. A pesar de la euphemia, la arquitectura, como la música, está entre nosotros, para ocupar el lugar del silencio. Para no permitir que el silencio total nos sobrecoja y se lleve nuestro estar. La arquitectura desplaza con su presencia el olvido. La vida se revela en la experiencia del espacio, donde sentimos el tiempo transcurrir.

He mencionado ya la música y quisiera que su invocación resuene, con su estar intangible, y nos acompañe como analogía de la arquitectura. El repertorio de obras de Salmona está compuesto de conciertos arquitectónicos; piezas cortas y también extensas que dan cuenta de contrapuntos, acordes, ritmos, armonías, silencios, increíbles orquestaciones y también solos muy sentidos.

La arquitectura, a semejanza de la música, se compone de elementos. En ambos casos el número de elementos es limitado. Unas cuantas notas en el caso de la música; muros, columnas, cubiertas, puertas y ventanas en el caso de la arquitectura. Y sin embargo, con este contado número las combinaciones posibles que puede concebir el arquitecto son infinitas. Con sólo cambiar la dinámica interna de una pieza, se cambia la emoción que produce en nosotros. Con un cambio de ordenación se le puede dar una nueva condición al espacio que experimentamos; y variando las relaciones, unos mismos elementos dotan cada espacio de calidades muy diversas. Para tal fin, la composición requiere de parte del arquitecto un conocimiento preciso de los elementos de la arquitectura. El trabajo de Salmona con ellos es excepcional. Tantas veces ha trabajado sobre los mismos, exigiéndoles cada vez un poco más, hasta, me atrevo a decir, hacerlos suyos, volviéndolos a inventar. Para que exista la composición no basta con conocer los elementos. El arquitecto produce además estructuras, ideas generales que gobiernen estas relaciones en función de determinados objetivos. Es en la conformación de esta estructura donde el arquitecto se revela como compositor.

Sabemos por la enorme cantidad de bocetos de proyecto, de esquemas y de anteproyectos que nos legó, que Salmona, como Beethoven, era un compositor constructivo. Con esto quiero decir, que la composición de cada obra suya fue de gestación difícil, en extremo trabajada, de una continuidad sorprendente. Ambos compositores partieron de un tema, lo hicieron una idea germinativa y sobre el construyeron una obra musical o arquitectónica, día tras día, laboriosamente.

Pero la composición de un proyecto en Salmona, no solo compromete trabajos expresivos y formales sobre el papel. A su creación acuden las fuerzas manifiestas del tiempo y del espacio, que son la historia y su escenario: la geografía. Al momento de componer acuden a su mente los innumerables lugares recorridos y por recorrer. El arquitecto considera que la recreación, volver a crear lo creado, es una de las características de la arquitectura. El fin mismo de la arquitectura es su continuidad. A la hora de comenzar a trazar se presentan ante él las sólidas catedrales del románico con sus huéspedes rituales: la penumbra y el recogimiento. Se presentan también las construcciones mozárabes e islámicas con sus corazones abiertos hacia el cielo y sus arterias de agua en un constante fluir. Se develan los edificios barrocos y los jardines ingleses. La riqueza geométrica y la presencia doméstica y grandilocuente del agua en los primeros, el crecimiento espontáneo y la sorpresa oculta en los segundos. Se abren paso los monumentos de Mesoamérica y su increíble actitud contemplativa ante el paisaje. Se presentan las huestes arquitectónicas de la modernidad con sus rampas, ventanas corridas, innumerables formas y expresiones de los nuevos materiales y las técnicas. Se despiertan las experiencias táctiles del ladrillo en el barrio de su infancia, experiencias que luego confluyen en su lectura selectiva de tantas obras representativas del trabajo con la mampostería. Se despiertan asociaciones pictóricas, con los mecanismos de ensamblaje propios del cubismo. En fin, reaparecen en las construcciones de Salmona todos los preceptos acumulados a lo largo de una formación, rica como pocas en el siglo veinte, alimentada por los viajes, por la compañía de los monumentos y la lectura meticulosa de los más sabios edificios de la antigüedad. Una formación que se ve estimulada además por el legado directo de sus maestros, Francastel y Le Corbusier, y la complicidad de sus contemporáneos. Decía Salmona que la seguridad al componer la daba el conocimiento de la medida justa y armónica que encontraba en otros proyectos que le causaron profunda emoción.

La historia juega un papel fundamental, y en ella confluye la experiencia, como un hecho singular, propio a cada individuo, resultado de lecturas y de recorridos. Su repertorio de obras invoca la historia, la comprime. Estar en sus edificios significa trascender la inmediatez, olvidar por un momento el limitado reducto que nuestros tiempos nos demandan habitar, para permitir la coexistencia del presente y del pasado.

¿Puede lo bello surgir de una conjura entre el tiempo cronológico casi eterno y el tiempo atmosférico, siempre cambiante?

Lo permanente y lo efímero confluyen en el tiempo estableciendo un límite. En el espacio tal límite adquiere relevancia en el encuentro de la arquitectura con el paisaje. Los edificios de Salmona constatan la búsqueda de un límite que puede ser, “el cielo, el infinito, el horizonte. Entre arquitectura y universo el límite es virtual pero se hace patente en un momento en que la naturaleza incide sobre él.” El límite tenue donde confluyen cielo y tierra se presiente en la experiencia del edificio. Al decir de Salmona, se sube, y el cielo se hace cada vez más presente y la tierra cada vez más ajena. Este transitar permite entonces otra lectura del límite entre cielo y tierra: en la tierra habita la materia, el cielo es la morada del espíritu. Los espacios abiertos invocan el cielo en la tierra. Los ascensos conducen la materia hacia el espíritu. Todo lo anterior, revelaciones de la experiencia indecible, hacen mas cercana, no la obra de Salmona que está delante del telón, sino lo que esta detrás de ella.

El escenario de la historia es la geografía. El paisaje es uno de los materiales de la arquitectura. Insistía Le Corbusier que con la concavidad formal les daba a sus edificios el don de la escucha. Nada más cierto. En el caso de la Torres del Parque, la concavidad se torna un abrazo material-maternal del entorno que es aquí paisaje urbano y territorial. En el Archivo General de la Nación, el patio es tímpano, caja de resonancia de sonoridades y luminosidades que las fachadas glaseadas de nuestras ciudades tristemente repelen. El Conjunto de vivienda Nueva Santafé no solo recoge, también guarda con afectuoso recelo, fragmentos de cielo y montaña, tan escasos y obnubilados hoy por los complejos en altura de nuestras ciudades. En lugar de ver lo geográfico entre ranuras o recortes entre culatas, lo tenemos de pleno en el centro mismo del proyecto. Lo cierto es que en las plazas, el gran lugar que es el territorio, la conjunción de cielo y tierra, pasa pero no se queda; se desplaza. En los espacios abiertos de Salmona el territorio se concentra ante nosotros. Cierta presencia inmaterial nos sobrecoge. El lugar percute, reverbera.

Otras de sus obras se comportan de un modo complementario. Habitan un lugar eminentemente social. Son por lo general aquellos edificios que enriquecen el centro de la capital o que fortalecen la periferia con vivienda económica. Coincide Salmona con Leon Battista Alberti al anunciar la arquitectura como un acto político, cuestión que adquiere gravedad considerando el contexto donde la obra de Salmona habita. En una aclaración poética y muy cierta de lo que es Colombia, habla de alegría y de tragedia. Tan cerca están para él la arquitectura y su contexto social, que se tornan indisolubles. Conciente como pocos del lugar en que construye, Salmona dice de su obrar en Colombia: “El canto a la vida es permanente porque se sabe que la vida es fugaz y la muerte imprevisible.” La arquitectura en Colombia es también fugaz; en la ciudad se edifica y se destruye. Como respuesta a lo imprevisible, Salmona sostiene un principio fundamental de su arquitectura, un principio que es también político: “En Colombia y en Latinoamérica nada debe ser deliberadamente efímero, inestable, ligero.”

La concepción de un proyecto para Salmona comienza con la vivencia del edificio que le precede. La relación espacio concebido, espacio vivido es profunda y cíclica. Constituye en su continuidad el verdadero proyecto de Rogelio Salmona, el repertorio de su obra.

La dificultad al transmitir la experiencia de estos espacios es que no hay representación posible de una sensación. Sin embargo, la diversidad en la experiencia de la obra se impone en el espectador que ciertamente no puede optar por la distracción o por el olvido. La secuencia de episodios maravillosos, posiciones insospechadas, secuencias de silencio y ruido, olores de plantas y contacto de los vientos, todo esto se impone a quien ha visto, oído y recorrido. Nunca va a olvidar, nunca podrá imponerse al edificio. Hay algo particular en el modo en que esta arquitectura es percibida, como si hablara a cada visitante como individuo.

Esta experiencia personal del edificio es la vivencia. En ella aprendemos a estar en el edificio, comprendemos también parte de su composición y con ello su ser. Trataré ahora de dar cuenta de algunas vivencias al interior de la obra de Salmona. Vivencias de naturaleza dual como la relación entre el ascenso y el descenso.

Al alzar la vista vemos los volúmenes, y notamos que cada uno de ellos está en procura de un ascenso hacia el cielo del modo más manifiesto: por la diagonal ascendente. Porque no es lo mismo decir que un edificio rectangular asciende al cielo cuando vemos que su remate es plano y que es igual de esbelto arriba y abajo. Puede decirse de rascacielos que no parecen ascender sino, por el contrario, soportar el peso del cielo como columnas inacabadas. Para los edificios de Salmona, el corte diagonal del remate apunta efectivamente al cielo y se alza como se alzan los pájaros o los aviones y todo lo que por naturaleza se suele alzar; a diferencia del ascenso perpendicular, elevación en elevador de las edificaciones a las que estamos acostumbrados, más irreal y anti-gravitacional.

Pues bien en la medida en que nos aproximamos, primero descendiendo y luego ascendiendo vemos los volúmenes hacer otro tanto, ascender o descender. Algunas sonoridades parecen destacar sobre otras. Entrar al edificio equivale a suspender esta acción trabajada. Es ingresar en una experiencia errática y sorpresiva. Por un momento nuestro recorrido guiado se detiene y nos enfrentamos a una errancia en extremo horizontal, de configuración paralela al suelo. En el vestíbulo nada sube y nada baja. Nuestros ojos se mueven hacia el frente, nuestros pies hacia los lados. Tras esta pausa en el ascenso-descenso, momento de arrobamiento, de toma de decisiones propias respecto al camino a seguir, de nueva preparación, se abren hacia los lados una serie de recorridos nuevos, casi todos ellos de ascenso o descenso casi todos ellos de ascenso y descenso a la vez. Por una parte los ojos y por otra los pies.

El ascenso que en proyectos tempranos de Rogelio Salmona puede explicarse a razón de la topografía en Bogotá, se vuelve una constante de diseño al punto de tocar proyectos implantados en lotes planos. Ascender para entrar, subir hasta alcanzar las cubiertas. El empuje en ascenso que comienza con los primeros escalones, crece y se potencializa hasta alcanzar lucernas y volúmenes. El ser humano asciende, el cielo desciende. Las miradas salen, las montañas entran. La llegada a la cubierta es el momento de confirmación. Momento en que el visitante conoce o mejor devela una totalidad anteriormente inconmensurable. Es el momento en el que, al final de un recorrido, se conoce el comienzo de un proyecto, y el verdadero lugar o territorio donde se erige.

Otra vivencia al interior de la obra da cuenta de la coexistencia de recorridos y de errancias. La arquitectura de Rogelio Salmona reacciona en oposición a aquella “otra” arquitectura que pretende reducir al ser humano, en su desplazamiento, al nivel de animal comportado y condicionado, negándole la posibilidad de elección, al facilitarle caminos indicados o evidentes que le previenen sobre lo que va a encontrar al realizarlos. El hombre contemporáneo planea rutas, busca señales e indicios, se informa por anticipado sobre lo que va a ver, evita lo incierto y sin asombro llega a su destino. Me pregunto si la verdadera satisfacción que resulta de este proceso sistemático reside en el haber llegado o, mejor, en el haber sabido llegar.

La arquitectura de Salmona como contrapartida propone la errancia, entendida como una sumatoria de recorridos intencionados mas no evidentes, que demandan del visitante elecciones y evitan prevenirle sobre lo que va a encontrar.

El lugar adquiere un valor diferente cuando nos hacemos conscientes del camino hacia él. En suma, la experiencia del lugar y del camino se hace peregrinar. La experiencia de las ruinas precolombinas es análoga a la errancia en Salmona. La relación puede deberse a que, en nuestra vivencia de las ruinas, disociamos la arquitectura de los ritos que le dieron lugar. La ausencia de ritos da lugar a la errancia, no a la deriva. Es posible además, que en ambas circunstancias, la ausencia de ritos perceptibles en la experiencia espacial, estimule la reconstrucción de los mismos y que por tanto, la vivencia en Salmona despierte interpretaciones poéticas que semejan nuestras asociaciones con las culturas extintas que nos precedieron.

La arquitectura en tanto música o composición puede entenderse como un movimiento continuo que tiene ritmo y forma. La tensión del espacio radica en las variaciones del ritmo. El paso de espacios que estimulan la movilidad mediante recorridos dirigidos, a espacios que estimulan el estar, la detención y la contemplación. De hecho suele ocurrir en algunas arquitecturas, que entre el lugar y el camino previo, la calle, hay tan solo un umbral. En la arquitectura de Salmona antes siquiera de acceder al lugar desde la calle debe realizarse un recorrido procesional que atraviesa varios umbrales; se transita por caminos antes de acceder realmente al lugar.

Al ensanchar la llegada, entrar deja de ser un acto mecánico e inconsciente para volverse un rito. El rito último desde una concepción religiosa puede entenderse como el peregrinar. Peregrinar como preámbulo a la llegada. Llegar a la Meca, llegar a Santiago, llegar a la tierra prometida. Incluso podemos decir, la vida es un peregrinar a la muerte. Pero en ésta época, la cultura y por consiguiente la arquitectura procuran la inmediatez. Lo que tiene para ofrecer la arquitectura contemporánea está ahí, al primer encuentro, en el primer contacto, sea un destello o una bofetada. El lugar, el espacio, se ofrece con solo cruzar un umbral. No es así en la obra de Salmona. Llegar, incluso entrar toma su tiempo, todo el tiempo posible. Enriquecer el peregrinar al lugar, el llegar a, el ir accediendo, para hacer del camino una experiencia en sí. De este modo la vivencia es un viaje donde recordamos junto con el lugar, el camino hacia él.

El proceso de conocimiento de los edificios semeja en esta medida el proceso de escucha de una composición musical, de una sinfonía. Podemos identificar instancias en el concierto donde un recorrido, un camino singular y sencillo conduce a instancias complejas, suma de recorridos previos y venideros, o a la suspensión de los recorridos por medio de la errancia para luego continuarla. Para efectos de recorrido el estímulo vital que ofrece Salmona es la elección. A la permanente elección entre dos caminos posibles al interior de un recorrido refiere el punto a continuación.

Y los senderos se bifurcan por el transito del agua o de la naturaleza, de modo que el caminante debe escoger por donde proseguir. Surge la pregunta, ¿quien circula y quien acompaña? Quizás sea el agua quien circula y el ser humano quien la acompaña en su transitar. Hacerse a un lado, siempre escoger. Tomar como visitante decisiones que singularizan el conocimiento, la vivencia del lugar. Otras arquitecturas toman las decisiones por el hombre a quien conducen como un autómata por flujos sin opciones. Bifurcar los caminos permite que el visitante participe; Invierte el canon de la circulación humana por el medio del espacio. En su obra el centro lo ocupará el agua, un árbol, una columna o una chimenea.

En Salmona, la obra se presenta completa ante los pies y los ojos del visitante. En ellas nuestra mirada atenta es cautivada y se pierde entre las diversas posibilidades. La atención de quien camina no se restringe al frente, recibe estímulos laterales y frontales diferentes. En esta arquitectura, si bien el desplazamiento acontece hacia delante, los ojos giran, trazan diagonales, sesgan y se pierden en múltiples visuales que acontecen a uno y otro lado del deambular. Las composiciones de Salmona rebozan tal grado de plenitud que toda ciudad o fragmento de ciudad colindante se torna inmediatamente periferia del edificio. Entre tanto, el contexto lejano es invocado. Las ventanas recogen como cuadros ciertos recortes del paisaje. Cada edificio se constituye un hito en su lugar de implantación. Esta constitución se debe, no a decantaciones históricas prolongadas sino, al ofrecimiento de composiciones que, plenamente conscientes, presentan e invitan el entorno.

La obra arquitectónica tiene un antes y un después. El límite entre ambos acontece como el amanecer entre la noche y el día, como el atardecer entre el día y la noche. El hombre vive el espacio antes de crearlo, lo crea antes de vivirlo. Pertenece al mundo de lo abstracto tanto como al mundo de la realidad, y de ambos se alimenta y perpetúa. Es espacio concebido antes de ser espacio vivido; es forma, volumen y quietud antes de recibir luz, agua y movimiento. Es silencio antes de ser sonoridad. De igual naturaleza dual es la ciudad. Es memoria y es ruptura. Es tradición y reacción. Es marco de acción y recepción. Obra arquitectónica y ciudad. Vivencia y composición. Escenario y representación del arquitecto y de su creación.


BIBLIOGRAFÍA

Arendt, Hannah, The Human Condition (Chicago: University of Chicago Press, 1958)
Arnau, Joaquín. 72 voces para un diccionario de arquitectura teórica. Madrid: Celeste ediciones, 2000.
Martí Arís, Carlos. Las variaciones de la identidad. Ensayo sobre el tipo en arquitectura. Barcelona: Ediciones del Serbal, 1993.
Pabón, José M., Diccionario Manual Griego clásico-español Vox. Barcelona, 2005