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Apuntes
La Ciudad: Arte, Espacio, Tiempo
Rogelio Salmona
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Consejo para el próximo Alcalde
Una ciudad, más que edificios, plazas, calles y parques, es un conjunto organizado de lugares con sus historias, instituciones, edificios privados y públicos, con intensidades de usos y variados significados, muchos de ellos apropiados intensamente por la población. Más que forma, una ciudad es fondo, y lo será con mayor arraigo mientras sus habitantes intervengan directa y permanentemente en la dinámica su devenir. Como la sociedad vive en constante transformación, no es inmutable, ni los lugares ni la arquitectura, y por consiguiente la ciudad nunca será una entidad congelada. Tanto la ciudad como la sociedad se transforman, varían con el tiempo y con el uso y se acoplan a las necesidades nuevas, a tecnologías diferentes y a otras visiones que modifican tanto las técnicas como las opciones de vida. La arquitectura, como la música, es un arte del espacio y del tiempo. Las actividades sociales y culturales cambian y con ellas cambian sus significados para que estos sean aceptados por la población. Hechos que nos obligan a pensar nuevamente en la arquitectura para verterla en la forma más sensible y consciente, para introducirla de manera más armónica en el espacio existente, urbano y natural; para transformarlo y enriquecerlo pero, sobre todo, para responder a nuevas necesidades y características inherentes a la ciudad latinoamericana, que se ha modificado bruscamente en los últimos años y se ha ido segmentando y fragmentando. No hay que olvidar que las ciudades, en general, fueron construidas con variaciones formales mínimas, casi imperceptibles. Las ciudades en América Latina, en cambio, sufrieron alteraciones y modificaciones ambientales físicas de tal magnitud que dejaron de ser apreciadas por sus propios habitantes y, peor aún, dejaron de ser reconocidas. Los impactos de la modernidad crearon una mutación que las fragmentó y en la mayoría de los casos las arrasó. Sus espacios tradicionales, con excepción de unos pocos, han sido conservados tardíamente sobre todo para crearse una buena conciencia y guardar algo de la memoria urbana, pero olvidando que la memoria, la historia y la cultura son tan importantes como los mismos espacios y la misma arquitectura. Al perder los unos, se perdieron los otros. Los medios de comunicación modernos modificaron las relaciones personales, modificando a su vez los espacios de encuentro ya bastante deteriorados por el abandono y por la mala gestión. La calle, por ejemplo, dejó de ser como lo fue en el pasado el paisaje de la casa y se convirtió en vía de paso para permitir la innecesaria velocidad convertida en hábito. Esto hizo que la ciudad dejara de contemplarse, perdiendo esa capacidad de errancia a la que tan bellamente le cantó Baudelaire. Estos hechos en América Latina nos llevaron a una pérdida de la noción de ciudad y del territorio, pues sus habitantes sintieron -y sienten todavía- que habitan lugares abstractos o corralejas o los innumerables conjuntos cerrados que mantienen vigilados a sus habitantes. Viven "seguros" en el interior, inseguros en el exterior. Es decir, la ciudad se ha convertido en un lugar de extrañeza. Hay un distanciamiento entre la ciudad y sus habitantes, agravado por la falta de compromiso con ella, que permite en muchos casos agredirla. Con miles de ejemplos tropezamos cada vez que recorremos las ciudades colombianas injuriadas por el abandono, el deterioro de su espacio público, los avisos comerciales que tapan hasta el cielo, edificios cuya sola razón de ser es la utilidad y la especulación del suelo; viviendas en los barrios pobres de pésima calidad construidas con el dinero del pobre. Viviendas que no hacen ciudad sino aglomeración. Intolerancia, temor, abandono y desapego, son las características de esa nueva creación; la anti-ciudad triste, asténica y fea. Contrarrestar el desapego, recuperar la ciudad, su paisaje y sobre todo su sentido del lugar, es también recuperar hábitos no del todo perdidos. Crear una nueva morfología que responda a necesidades reales como las construidas en la memoria colectiva, recuperando referencias urbanas perdidas, algunas de ellas escondidas como tesoros, creando nuevas que permitan gozar el transcurrir del tiempo y lograr otra vez que la contemplación sea una función de la vida. Es una tarea urgente que corresponde a los arquitectos en la parte física, pero también a sus habitantes y particularmente a sus gobernantes y a los que están dedicados a las actividades culturales y a los medios de comunicación, a todos, porque recuperar la ciudad es recuperamos a nosotros mismos. Como habitantes que somos -y sin olvidar que también somos invitados de la vida como diría George Steiner-, debemos descubrir su esencia, amar y errar en sus espacios públicos y encontrar sus aspectos más poéticos; su paisaje natural siempre presente, pero poco evidenciado y valorado. En otras palabras, debemos singularizar nuestras ciudades, ponerlas en resonancia con su paisaje, que es una de las grandes riquezas que tienen las ciudades colombianas. La ciudad es una totalidad, pero cada uno de los lugares que la conforman es singular. La historia que los formó y las clases sociales que las habitan les dieron características propias y particulares. Esa diversidad es una de sus invaluables riquezas que se traducen en la espacialidad en la forma de cada lugar, cada barrio, cada paisaje urbano diferente, pero análogo al de los demás. En otras palabras, cada lugar de la ciudad debe conservar su sentido, su genius loci, su paisaje y su morfología, inclusive la vegetación que puede ser tan diversa como sus habitantes. Al singularizar la ciudad se debe permitir también la errancia, el descubrimiento en sus aspectos más poéticos. La falta de diversidad de la ciudad moderna se podría reparar con una mayor comprensión de cada uno de los lugares, comprensión topológica y, por consiguiente, paisajística. A ello contribuiría, además, el estudio de diversas arquitecturas existentes en distintos lugares de la ciudad. Estudios y acercamientos que nos conducen a una noción de ciudad anclada en la memoria y en el tiempo, que es el camino de la poesía. Por otra parte, las ciudades colombianas hechas de pedazos, de fragmentos, de recuerdos, a veces de ruinas que conservan sortilegios, misterios, y posibles descubrimientos, debe crear un verdadero vínculo entre el ciudadano y su entorno que se oponga a la astenia creada por "una planeación fría y abstracta, por el dominio del capital y la falta de compromiso de algunos de sus habitantes y gestores", como diría Françoise Choay. Bogotá, en los últimos años, tomó conciencia de la degradación urbana y de la pérdida de memoria, del desapego de sus habitantes. Inició a tiempo un proceso de recuperación del espacio público y de su patrimonio construido, recuperación que debe continuar. La arquitectura debe volver a tener un papel decisivo, religioso en su sentido original que significa "escrúpulo y delicadeza", convertirse nuevamente en un patrimonio y no solamente en un hecho constructivo. La arquitectura tiene hoy la inmensa labor de coser, unir, ligar la fragmentación urbana con obras públicas y privadas significativas, abiertas, en las cuales los espacios comunitarios sean apropiados por la población entera sin impedimentos, sin rejas, sin injuria. Sólo así la ciudad podrá volver a ser la obra de arte colectiva. La fealdad de la ciudad contemporánea y la ausencia de calidad estética requieren de una crítica acompañada de una toma de conciencia de las dimensiones técnicas, económicas y sociales de las comunidades latinoamericanas, a fin de lograr la necesaria transformación espacial, diferente en cada ciudad y singularizarlas mediante una arquitectura sorpresiva en sus formas y exacta en sus técnicas. La arquitectura, arte del espacio, del tiempo, y la creación urbana, son labores que deben ser actualizadas permanentemente, poniendo en juego todas las percepciones visuales, táctiles, sonoras, odoríficas, y así contrarrestar la tendencia a hacer montajes de elementos y productos industriales y comerciales que no tienen ni siquiera gracia de envejecer. Por ello, la arquitectura y la ciudad forman una unidad indisoluble (particularmente en los barrios pobres) y depende la una de la otra. Una mejor arquitectura enriquece el espacio de la ciudad y un mejor espacio público valora la arquitectura. La modernidad, con sus nuevas técnicas, no es un impedimento para volver a crear una ciudad y una arquitectura distinta a la que conocemos. Por el contrario, nos obliga a utilizar, cuando sea el caso, todas las posibilidades tecnológicas y poéticas para que sea nuevamente una expresión de nuestro tiempo. Noviembre de 2003 |
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