acuarela original del Arq. Enrique Nafarrate
50 Años de la Casa Ortiz
Sergio Ortiz Jiménez
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La historia
Los recuerdos que tienen mis padres de la casa que mandaron construir en el año de 1958 al arquitecto Enrique Nafarrate Mexía –quien contaba entonces con cerca de 30 años – apuntan hacia un entendimiento cultural mutuo entre cliente y arquitecto, mismo que se materializó en una casa cuyo único requisito –según mi madre – era que "el área de recámaras se ubicase en la planta baja". La casa surge como respuesta a las necesidades de espacio de una familia creciente que contaba en ese momento con tres niños y que eventualmente llegará a siete: cinco hombres y dos mujeres. La edad de mi padre al momento de darle el encargo al arquitecto era de 30 años; la de mi madre, 28. Han pasado 50 años desde entonces; los siete hijos hemos abandonado la casa. Mis padres ahí continúan.

Los datos
La obra se ubica en la Av. Diagonal Hernán Cortés (hoy Golfo de Cortés) en el cruce con la calle Isabel la Católica en la ciudad de Guadalajara, como parte del fraccionamiento Vallarta Norte, entonces recién terminado y con escasas construcciones alrededor. La obra, realizada en dos niveles, consta de 450m2 sobre un terreno de 525. La construcción data de los años 1958-59. Mi padre refiere que la casa costó "doscientos veinte mil pesos – mobiliario incluido – en un tiempo en que el dólar valía $12.50 pesos mexicanos. El Ing. Díaz del Castillo fue el constructor adjunto y el Sr. Mario Silva el responsable del diseño del mobiliario". A lo largo de sus cincuenta años de vida, la casa ha sobrellevado algunas modificaciones menores, tanto en el exterior como en el interior, entre las que cabe mencionar la sustitución de la reja tubular de ingreso por un portón ciego de lámina (ver acuarela original).

La casa
Empezando por la planta, digamos que la casa se divide en dos espacios independientes de forma casi cuadrada e iguales en tamaño: el social y el familiar. El primero aloja el área social y se beneficia del espacio abierto obligado por la servidumbre perimetral impuesta. El segundo, en sí mismo una casa-patio, incluye el área familiar y gravita alrededor de un vacío que articula las cuatro recámaras de la casa. El vacío –que es patio, terraza y jardín a la vez – se convierte en el corazón y pulmón de la casa: el que conecta las recámaras entre sí (promoviendo las relaciones entre los miembros de la familia) y el que provoca que el interior de la casa se abra hacia el cielo. En el segundo nivel se aloja el que – pienso – es el mejor lugar de la casa: una estancia familiar que consta de un espacio acristalado en dos de sus lados pero protegido por un gran volado. La estancia se abre hacia la calle a través de un patio alargado y de buenas dimensiones, que está delimitado en dos de sus lados por una celosía que le otorga privacidad pero que a su vez establece una relación de continuidad con la calle.

La presencia de la casa queda confiada tanto a un muro de piedra perimetral que delimita la casa con la banqueta como a una gran celosía que corre a lo largo de la segunda planta. De excelente manufactura, la celosía –formada a base del tradicional ladrillo de azotea– nos demuestra la extraordinaria sensibilidad y elegancia del arquitecto. Enrique Nafarrate se sirve de este sencillo recurso de celosía de ladrillo para despojar a la casa de cualquier referencia iconográfica, optando por una expresión de orden estrictamente constructivo. La celosía se convierte en elemento clave, en recurso que explota tanto el extenso perímetro del terreno como su condición de solar en esquina. Además, la celosía actúa como piel de protección contra el exterior y como filtro entre la calle y la estancia familiar de la planta alta. Un sencillo gesto para estrechar lazos con la calle.

La arquitectura
La casa se inscribe en un momento importante del desarrollo de la arquitectura moderna de Guadalajara (finales de los años cincuenta, inicios de los sesenta) cuando las primeras generaciones de arquitectos de la recién formada escuela de arquitectura de la Universidad de Guadalajara (1948) comienzan a ejercer la profesión. Es este entusiasmo por lo moderno el que produce piezas seminales de esta incipiente arquitectura moderna de Guadalajara, tales como la casa de la familia Suárez Navarro de Julio de la Peña, las dos magníficas casas en la colonia Jardines del Bosque de Salvador de Alba, así como varias casas más autoría de Jaime Castiello Camarena, Horst Hartung y Erich Coufal. El empuje de un racionalismo incipiente, heredero de las teorías de arquitectura de Villagrán y Díaz Morales (quien para 1958 ya había construido su propia casa), es contenido por la búsqueda de una expresión arquitectónica local.

La casa Ortiz es un buen ejemplo de una arquitectura que si bien es parte de una tradición que trata de rescatar los valores de la arquitectura local (tipología de casa/patio, empleo de materiales regionales y de recursos constructivos tradicionales) se asume bajo los principios del Movimiento Moderno. Se trata de una arquitectura que indudablemente conoce bien la obra de Wright –la casa Fallingwater data de 1939– y que no es ajena a la de Mies van der Rohe. Estamos, entonces, ante una obra que redefine continuamente el significado de la tradición en el instante en que ésta entra en relación con la modernidad: “la búsqueda del presente”, en palabras de Octavio Paz. Una arquitectura convincente –por amable y sencilla– que traduce en lenguaje moderno la cultura de Guadalajara.